Anatomía de la melancolía.

En homenaje al erudito  Robert Burton.

Nacido en Lindley (Inglaterra) en 1577.

 Estudio y vivió siempre en Oxford, donde murió en 1640.

 Publica su obra magna en 1621: “The anatomy of Melancholy 

La primera enciclopedia psiquiátrica, bajo el seudónimo de “Denocritus Junior” (filósofo de Abdera del siglo V a.c., que se hizo pasar por loco). 

Nos dice que el mismo padeció los trastornos que describe.

 

Disfrutemos con la melancolía de Burton. Un auténtico gozo para alienistas.

 

 

 

SUBSECCIÓN IV.

Resumen del texto.

 

Síntomas de la desesperación: miedo, pesar, sospecha, ansiedad, horror de conciencia, sueños y visiones terribles

(The anatomy of melancholy: 1621-32. Tomo III. . Editado por A.E.N.)

 

 

“Temor y temblor por doquier, terror por doquier, por doquier temor.

Miedos, temores Y terrores por todas partes, en cualquier tiempo y esta­ción”.

 

Al igual que los zapateros, cuando llevan los zapatos a casa, se lamentan siempre de que el cuero esta cada vez más caro, otro tanto podría yo hacer con estos síntomas melancólicos, pues los que provoca la desesperación son sumamente violentos, trágicos y graves, superiores a todos los otros, y sólo puede describírseles en forma negativa, como privación de toda felicidad y, por tanto, insoportables.

 «Pues ¿quién sostendrá el ánimo abatido?» ¿Qué otra cosa hizo Timantes en su retrato de Ifigenia, sino representar el momento en que iba a ser sacrificada? Cuando ya había pintado el duelo de Calcas, la tristeza de Ulises y el sumo pesar de Menelao, cuando había mostrado todo su arte en la expresión de una gran variedad de afectos, «cubrió con un velo la cabeza de Agamenón, el padre de la muchacha, y dejó que cada espectador imaginase sus sentimientos», pues ese padecimiento auténtico y ese dolor extremo que el padre sentía, ningún arte podría describirlos.

Lo que el pin­tor hizo con su retrato es lo que yo quiero hacer al describir los síntomas de la desesperación.

Imagina lo que puedas: miedo, pesar, rabia, padecimiento, dolor, terror, angustia lóbrega, horrible, tediosa, irritante, etc., nada será sufi­ciente, todo será poco, no hay lengua que pueda describirlo, no hay corazón que pueda concebirlo.

Es un epítome del infierno, un extracto, una quinta­esencia, un compuesto y una mezcla de todas las enfermedades mortales, de todas las torturas tiránicas, de todas las plagas y perplejidades.

No hay apenas enfermedad a la que no procure algún remedio la medicina.

Para cualquier llaga, la cirugía proporciona una cura. La amistad ayuda en la pobreza; con­fiar en obtener libertad alivia en la prisión; la petición de ayuda y protección pone fin a los destierros, y la autoridad y el tiempo hacen desaparecer los reproches.

Pero ¿qué medicina, qué cirugía, qué fortuna, favor o autoridad pueden aliviar, ayudar a soportar, amenguar o eliminar una conciencia ator­mentada?

Un espíritu en paz lo cura todo, pero no puede confortar un alma abatida.

¿Quién puede acallar la voz de la desesperación?

 Cuanto resulta espe­cífico de otros tipos de melancolía -«horrible, cruel, pestilente, atroz, fiero» aparece en ésta. Es más que melancolía en el mayor de los extremos. Es una fiebre ardiente del alma, dice Giachini, causada por tal miserable esta­do; según este autor, miedo, tristeza y desesperación son los síntomas más habituales de la melancolía.

Los afectados sufren enormemente y sus espí­ritus se llenan de horror, tienen el alma extraviada, están inquietos, sobrecogidos de temores permanentes, de preocupaciones, tormentos Y ansiedades, Y no pueden ni comer, ni beber, ni dormir, ni descansar.

Una ansiedad perpetua que no cesa ni a la hora de comer, un descanso delirante y  sueños furiosos les angustian.

Ni en el lecho, ni en la mesa siquiera procura descanso la desesperación.

El miedo acaba con la alegría, seca la sangre, destruye la médula, altera  el comportamiento. Incluso «en medio de los mayores placeres, cuando can­tan, danzan o se divierten, esta enfermedad -señala Lemmens- tortura entera­mente el alma de los afectados».

Les consume hasta la destrucción total. «Me asemejo al pelícano del desierto -dice David de sí mismo, temporalmente afligido-, soy como búho entre las ruinas ( ...) por tu indignación Y tu ira».

 «Me tiembla el corazón dentro del pecho, asáltanme terrores de muerte ... »

y «toda comida les producía náuseas, estando ya a las puertas de la muer­te».

Su descanso, si alguna vez logran tenerlo, es intranquilo Y sujeto a temi­bles sueños y terrores. Pedro, en su cautiverio, dormía profundamente, por­que sabía que Dios le protegía  y Cicerón prueba la inocencia de Roscio Amerino con el argumento de que no podía haber matado a su padre porque dormía profundamente.

 Los mártires de la Iglesia primitiva se sentían feli­ces y animosos en medio de las persecuciones. Pero es muy distinto lo que ocurre con estos hombres, a la deriva en un océano, siempre sin descanso ni resuello, incapaces de pensar en nada grato: «su conciencia no les permite ocu­parse de nada más», viven en estado permanente de temor y ansiedad. Si aún no les han apresado, tienen temor permanente de que así lo hagan, y están siempre a punto de traicionarse, al igual que Caín, que pensaba que todo el mundo quería matarlo, dan «rugidos por la conmoción de su corazón», como hacía David, Y también como Job: «¿A qué dar la luz al desdichado, dar la vida al amargado de alma, a los que esperan la muerte y no les llega, y la buscan más que exploradores de tesoros; los que saltarían de júbilo y se lle­narían de alegría si hallasen un sepulcro».

 Tales personas están, por lo gene­ral, hartas de vivir, su corazón tiembla, su espíritu se entristece y no hallan apenas descanso.

Temor y temblor por doquier, terror por doquier, por doquier temor.

Miedos, temores Y terrores por todas partes, en cualquier tiempo y esta­ción.

«Muchos de ellos se niegan a comer y beber, no pueden descansar, agra­van cada vez más sus culpas y las imaginan donde no las hay», como dice Wier.

La cólera terrible de Dios consume su alma y, a pesar de sus conti­nuas oraciones y súplicas a Jesucristo, no experimentan alivio o descanso alguno y, por el contrario, padecen en sus conciencias insoportable tortura e insufrible angustia.

Esto les lleva en numerosas ocasiones a perder la paciencia y murmurar contra Dios, a encolerizarse, a blasfemar, a volverse ateos y violentos contra sí mismos. y «a la mañana dirás: ¡Oh, si fuese de noche! Y a la noche dirás: ¡Oh, si fuese de día!, por el miedo que se apoderará de tu corazón y por lo que tus ojos verán»'

Marin Mersenne, en su comentario sobre el Génesis, habla de la desesperación de un amigo suyo al que fue a visitar en compañía de otros para exhortarle a tener paciencia, pero prorrumpió en blas­femias ateas demasiado terribles para reproducirlas aquí; cuando le pidieron que tuviera confianza en Dios, «¿quién es Dios -dijo- para que tenga yo que servirle? ¿De qué me servirá rezarle? Si existe, ¿por qué no me ayuda, por qué no me libera de esta prisión, de esta hambre y esta miseria que me consume? ¿Qué he hecho yo? ¡Lejos de mí semejante Dios!». Otro amigo suyo, a raíz de la muerte de su esposa, prorrumpió igualmente en blasfemias ateas, se encole­rizó y juraba contra todo sin importarle lo que decía o hacía.

Lo mismo ocurre con la mayoría de estas personas: en su mayor parte, dado el extremo de su desgracia, creen ver visiones y escuchar gritos, hablan con demonios, se atormentan, se creen poseídos y piensan que están en el fuego del infierno, ya condenados y abandonados de Dios.

No sienten su gracia ni su misericordia, no tienen esperanza de salvación; consideran que su sentencia de condena está ya firmada y no puede revocarse, que el demonio se apoderará de ellos con toda certeza.

Jamás ser vivo alguno ha sufrido nunca tal tormento, nunca ha llegado a situación tan desgraciada, nadie ha tenido nunca tan abatido su espí­ritu.

No hay para ellos esperanza ni fe, nada puede curarles, se sienten perdi­dos, tentados siempre de poner fin a su vida.

Hay voces que les hablan, y sien­ten el olor del fuego y del azufre.

Sólo pueden blasfemar, incapaces como son de arrepentirse, de creer o tener un buen pensamiento.

 

Han llegado a tal extre­mo, «que se ven forzados a albergar pensamientos impíos incluso contra su voluntad -como dice Felix Platter-, a blasfemar contra Dios, a cometer horri­bles acciones, a mortificarse físicamente ... ».

En sus arrebatos de locura y en su humor desesperado ejercen violencia contra otros, en ocasiones contra familiares y amigos queridos, o incluso contra desconocidos, por motivos nimios o sin fundamento, pues quien no se preocupa de sí mismo se siente dueño de la vida ajena.

Albergan malos pensamientos contra su voluntad; cuanto ellos mismos aborrecen es lo que necesitan pensar, hacer y decir. Platter refiere el ejemplo de un paciente suyo a quien, siempre que rezaba, le sobrevenían malos pensamientos y meditaciones perversas. Cita también el ejemplo de una mujer que se sentía a menudo tentada de maldecir a Dios, blas­femar y suicidarse. En ocasiones, el demonio (según dicen) se les presenta y les habla, y a veces creen que está en su interior y, desde dentro, habla y con­versa con ellos como les ocurre a los posesos.

Así era como Apolodoro, según Plutarco, creía que su corazón hablaba dentro de él. Tenemos también el caso memorable de Francesco Spiera, un abogado de Padua que, en el año 1545, había caído en la desesperación y  no encontraba alivio ninguno en los consejos de los sabios; sentía en su alma -según decía- las penas del infierno y, aunque en los demás asuntos se comportaba con absoluta cordura, en éste

era sumamente insensato. Bellocato y otros médicos excelentes no pudieron lograr que comiera, ni bebiera, ni durmiera; no había palabras que lograran aliviarle. No ha habido jamás hombre alguno que haya hablado en su propio favor como éste lo hacía en contra suya; y así acabó muriendo de deses­peración.

El cardenal Crescenzi también murió de desesperación en Verona: creía que un perro negro le perseguía hasta su lecho de muerte y que nadie lograba apartarle. «Mientras escribía el presente tratado -indica Montalto-, una monja ha veni­do a pedirme ayuda; se encontraba bien en todo lo demás, pero su conciencia llevaba turbada cinco años. Estaba casi loca, y era incapaz de soportarlo. Cree que ha ofendido a Dios, y que se ha condenado sin remedio». Felix Platter recoge numerosos ejemplos de personas que se creen condenadas y abando­nadas de Dios. Una de ellas no se atrevía a ir a la iglesia, ni a acercarse al Rin por miedo de arrojarse al agua, pues se sentía fuertemente tentada a ello. Estos síntomas y otros semejantes se vuelven más o menos evidentes según la propia intensidad de la enfermedad.

Hay personas que acceden a escuchar bue­nos consejos, pero otros no; algunos desean recibir ayuda, pero otros la recha­zan completamente y no quieren dejarse aliviar.

 

 

SUB SECCIÓN V

Ejemplo de conductas suicidas y en el texto de Robert Burton.

 

Pronóstico de la desesperación: ateísmo, blasfemias, muerte violenta, etc.

La mayoría de estas personas acaba con su propia vida; algunos están locos, blasfeman, juran y niegan a Dios, pero la mayor parte se infiere a sí misma violencia, y en ocasiones, también atacan a otros.

«¿Quién sostendrá el ánimo abatido?». Así fue como Caín, Saúl, Aquitofel y Judas blasfemaron y murieron.

Beda dice que Pilatos murió desesperado ocho años después de Cristo

Felix Platter ha recogido numerosos ejemplos: «la esposa de un comerciante, que desde hacía tiempo se sentía angustiada por tentaciones semejantes», se levantó una noche de la cama, se arrojó por la ventana y se rompió el cuello contra el suelo; otra persona, llevada por la desesperación, se arrojó al Rin.

Algunos se cortan la garganta, y son muchos los que se ahor­can. Mas para estas cosas no hacen falta ejemplos. Hay quienes plantean la duda siguiente:

            ¡interesante juicio moral sobre el perdón cristiano¡

¿un hombre que ha ejercido violencia contra sí mismo y muere desesperado, puede o no salvarse?

Si muere repentinamente y en completa obstinación, de forma que no tenga posibilidad de implorar misericordia, cabe temer lo peor, pues ha muerto sin penitencia.

Si la muerte es un poco más pau­sada y la persona tiene tiempo de implorar misericordia en su corazón, la cari­dad emitirá una buena sentencia.

Son numerosos quienes se han salvado en el momento mismo en que se ahorcaban o se ahogaban, y así reconducidos a la salud de espíritu, se han arrepentido profundamente, han aborrecido su acción, han confesado que se han sentido súbitamente arrepentidos y que en sus cora­zones han suplicado misericordia.

Si un hombre se da muerte a sí mismo movido por la desesperación, debido a la locura o la melancolía, y antes de su acción da testimonio de estar regenerado, significa que no obra así por volun­tad propia, «sino por la violencia de su enfermedad»; debemos interpretarlo del modo más favorable, como hacen los turcos, que creen que los locos y los insensatos van directamente al paraíso.

 

Excelente descripción clásica de la melancolía suicida.

“miedo, tristeza y desesperación son los síntomas más habituales de la melancolía".

 

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