"Mi única enfermedad es estar solo,

soy animal, soy monstruo,

no me gusta la luz, la compañía,

y  en ello tengo la desgracia mía.

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Mis alegrías son puras naderías,

pues nada es tan divino como la melancolía.

Trocaría mi estado por el del infeliz

que traigas de la cárcel o mazmorra;

no han remediado mis penas, infierno son.

Mi tormento vivir ya no me deja.

Aborrezco la vida, de tan desesperado:

Dejadme, pues, la soga o el cuchillo.

Todas mis penas son, ante esto, alegrías,

no hay maldición más grande que la melancolía".  

 

            De Robert Burton.

Resumen de la melancolía” según el autor.

 

 

 

Del libro:

The Savage God. A estudy of suicide. A. Alvarez, 1971.

El Dios salvaje. El duro oficio de vivir. (en la edición española)

 

Heraclito.

Mortales inmortales, inmortales mortales,

 vivos con respecto a al muerte de los mortales,

 muertos con respecto a la vida.

 

Epicureo escribe:

El correcto conocimiento de que la muerte no es nada para nosotros hace placentera la  mortalidad de la vida, no porque añada un tiempo ilimitado, sino porque elimina el ansia de inmortalidad.

 

 

 

 

Escritos estoicos de Séneca. Exhortación al suicidio.

~ Hombre necio, ¿de qué te quejas y qué temes? Mires adonde mires hay un fin a los males. ¿Ves aquel precipicio que abre su boca? Con­duce a la libertad. ¿Ves ese torrente, ese no, ese pozo? La libertad mora en ellos. ¿Ves ese árbol atrofiado, reseco y dolido? La liber­tad cuelga de cada una de sus ramas. Tu cuello, tu garganta, tu cora­zón son otras tantas maneras de escapar de la esclavitud ... ¿Pre­guntas por el camino a la libertad? Lo encontrarás en todas las venas de tu cuerpo.

 

 

Es una pieza retórica bella y cadenciosa. Pero si la retórica sue­le ser una protección contra la realidad, una armadura verbal que el escritor pone entre el mundo y él,  Séneca llevó sus preceptos a la práctica: se clavó un puñal para evitar la venganza de Nerón, en otro tiempo discípulo suyo. No menos estoica, su mujer Paulina intentó morir con él de la misma forma; pero la salvaron.

Un solo ejemplo más basta para dar el tono de la época.

Es el consejo de Atalo, ascético amigo de Séneca, a cierto Marcelino que sufría de una enfermedad incurable y contemplaba la posibili­dad del suicidio:

 

“No te atormentes, Marcelino , como si estuvieras deliberando sobre una gran cuestión. La vida es cosa sin dignidad ni importancia. Has­ta tus esclavos y tus animales la poseen en común contigo: pero es cosa grande morir con honra, prudencia y valor. Piensa cuánto tiem­po llevas comprometido en el mismo decurso opaco: comer, dormir y consentir tus apetitos. Tal ha sido el círculo. No sólo el hombre pru­dente, el valeroso o el desdichado pueden querer morir, sino aun el fastidioso.

 

Tampoco aquí hay brecha alguna entre la retórica y la reali­dad.

Marcelino adoptó el consejo de su amigo y se mató de ham­bre, respuesta “fastidiosa” a la salvaje complacencia de la Roma de Tiberio .

 

 

 

Lo cual culminó en la locura de los “donatistas” cuya locura marteriológica (amor por el martirio) alcanzó tal extremo que la iglesia acabó declarándolos herejes. Ver texto:

 

Inflamaba la furia de los donatistas un frenesí de la más extraordi­naria especie: y el cual, si realmente prevaleció entre ellos en grado tan extravagante, sin duda no tiene paralelo en ningún otro país ni época.

A muchos de estos fanáticos los poseían el horror a la vida y el deseo de martirio; y, si su conducta era santificada por la intención de consagrarse a la gloria de la fe verdadera y la esperanza de la dicha eterna, se les daba un ardite a manos de quién perecían o por qué medios.

En ocasiones perturbaban toscamente las fiestas y profa­naban los templos de los paganos con el deseo de incitar a los idóla­tras más celosos a vengar el honor de sus dioses injuriados. A veces se abrían paso en los tribunales de justicia y obligaban a atemoriza­dos jueces a ordenar que los ejecutaran.

. Con frecuencia paraban a los viajeros en los caminos públicos y los forzaban a infligirles el golpe del martirio, prometiéndoles una recompensa si consentían, y ame­nazándolos de muerte instantánea si se negaban a dispensar un favor tan singular.

Cuando fracasaban con todo otro recurso, anunciaban el día en que, en presencia de amigos y hermanos, se arrojarían de una roca empinada; y se sabe de muchos precipicios que adquirie­ron fama por el número de estos suicidios religiosos. (Gibbon )

 

Los donatistas florecieron -si cabe la palabra- en los siglos IV y V de nuestra era e inspiraron a su contemporáneo San Agustin el siguiente comentario:

«Su juego diario es matarse por respeto al martirio.»

 

Ver conducta social ante el suicidio:

“lo ahorcaron por suicida”.

 

 

“Ahorcaron a un hombre que se había cortado la garganta, pero a quien habían salvado de morir. Lo ahorcaron por suicida.

El médi­co los había prevenido de que era imposible ahorcado pues se le abri­ría la garganta y respiraría por la abertura.

No escucharon la adver­tencia y colgaron al hombre.

 De inmediato, la herida se abrió y el hombre volvió a la vida aunque lo habían ahorcado.

Convocar a los regidores para que decidieran cómo resolver la cuestión llevó su tiem­po.

 Por fin los regidores se reunieron y ajustaron el nudo por deba­jo de la herida hasta que el hombre murió. Oh, Mary mía, qué socie­dad loca, qué civilización estúpida.

 

Esto le escribía Nicholas Ogarev a su amante Mary Sutherland, en torno a 1860.  sobre las noticias de los periódicos londinenses.

 

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